Criterios
EDUARDO JORDÁ

Buenas personas

5/mar/19 1:35 AM
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Jordi Cuixart es una buena persona, decía el otro día la periodista Gemma Nierga acompañada de Jordi Évole y Antonio García Ferreras. Y es evidente que durante toda su declaración ante el Tribunal Supremo, Jordi Cuixart hizo todo lo posible para demostrar que era una buena persona. Una buena persona, además, que reunía todas las virtudes imaginables: era un hombre bondadoso, cariñoso y pacífico, aunque eso quizá no era mérito suyo, sino de la Madre Naturaleza que había incluido el gen del pacifismo en el ADN colectivo del pueblo catalán (me pregunto si en algún laboratorio genético chino estarán investigando con este ADN para crear una raza de seres bondadosos y pacíficos, es decir, sumisos, es decir, explotables).

Pero ahí no termina la cosa. Según su declaración, Cuixart también era una persona dialogante, respetuosa, comedida, generosa, prudente, espiritual y que encima practica la dignidad colectiva (¿cómo se ejerce la dignidad colectiva? Ah, eso es un misterio que quizá sólo sepan descifrar los genetistas chinos). Y por si fuera poco, Cuixart era -y fíjense si eso tiene mérito- medio español por ser hijo de madre murciana (si este argumento no convence al tribunal, es que los señores magistrados tienen el corazón de un robot chino). En resumidas cuentas, Jordi Cuixart estaba convencido de ser una buena persona. Y eso fue exactamente lo mismo que dijo Oriol Junqueras en su declaración: que era una buena persona, alguien que sólo creía en la paz y en el amor y que estaba dispuesto a sacrificarse por sus ideas de paz y justicia y entrega a los demás. Un mártir, como se decía antes, en los tiempos en que los curas con sotana eran los curas de verdad porque aún no habían sido suplantados por los políticos ni por los activistas que cobran 100.000 euros al año de dinero público.

Bien, de acuerdo, supongamos que Jordi Cuixart es una buena persona, pero ¿podemos creernos a alguien que se proclama buena persona? ¿Y no es justamente el hecho de que alguien se proclame buena persona lo que debería impulsarnos a sospechar que esa supuesta bondad es más bien fatua o artificial o simplemente fraudulenta? De hecho, lo más juicioso es fiarse únicamente de la gente que jamás se proclama buena persona, porque esa gente es la que sabe que todo ser humano puede ser egoísta e interesado en determinadas circunstancias, o peor aún, que cualquiera de nosotros puede dejarse llevar por sus prejuicios más innobles (o por sus peores instintos) si se ve sometido a una situación especialmente acuciante o dramática. Y en la vida esas situaciones se presentan a menudo.

Por lo demás, que alguien sea buena persona es algo que tan sólo pueden decir terceras personas, sobre todo las que hayan convivido estrechamente con la supuesta buena persona, y que por eso mismo hayan compartido los buenos y los malos momentos, la angustia y la alegría, el dolor y el júbilo. Para saber si alguien es buena persona, antes hay que haber experimentado con esa persona la angustia de vivir con 42 euros en la cuenta corriente, o haber tenido que compartir las noches de insomnio a causa de un hijo enfermo o una larga estancia en un hospital. Quien ha compartido sesiones de quimio con alguien, quien ha vivido la angustia de quedarse sin trabajo a los 52 años, esa persona sí que sabe si la otra persona es buena o no. Pero todo lo demás -lo que digamos y hagamos creer a los demás- no es motivo suficiente para creer en la bondad de nadie, por mucho que diga Gemma Nierga, quien por cierto apenas llegó a compartir tres días de charla con Jordi Cuixart en la cárcel de Lledoners.

Bien mirado, alguien que está convencido de ser una buena persona puede acabar siendo un individuo muy peligroso, sobre todo porque esa persona no será consciente jamás de sus supuestas debilidades -que las tiene, seguro-, ni de sus posibles errores, que seguro que también los habrá cometido. Y quizá eso la impulse a actuar irreflexivamente, sin pensar en las consecuencias de sus actos ni en los posibles perjuicios que su conducta pueda ocasionar a los demás. Porque lo más inquietante de una buena persona -sobre todo cuando se trata de alguien que vive de hacer creer a los demás que es una buena persona- es que jamás pensará que sus buenas acciones puedan tener consecuencias negativas. Al fin y al cabo, una buena persona jamás se equivoca ni juega irresponsablemente con el patrimonio y la seguridad de los demás. No, para nada. Una buena persona es una buena persona, sólo eso, y por el simple hecho de serlo ya está por encima de todas las demás. Y como es natural, una buena persona jamás podrá someterse a las leyes, ya que las leyes sólo están hechas para las personas codiciosas y malvadas. Todo el mundo sabe que las buenas personas jamás podrán hacer nada malo. Nunca. Jamás. En ninguna circunstancia.

EDUARDO JORDÁ